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La leche materna salva vidas

Recuerdo que hace años era común
ver en parques, avenidas y otros espacios
públicos a madres sosteniendo
a sus bebés mientras les daban
el pecho. Sin duda se trataba de un
momento especial por el vínculo de
cariño y protección que se establecía
entre la madre y el hijo, el cual los uniría
por siempre; pero especialmente
porque amamantar significa hacer
algo muy importante por la salud y el
desarrollo de los hijos.
Lo recuerda la prestigiosa revista
científica The Lancet en un interesante
estudio sobre lactancia materna
que concluye que la leche materna
mejora el rendimiento escolar,
aumenta el coeficiente intelectual
en el adulto y se relaciona con unos
ingresos altos en el futuro.
Como madre, y como mujer que he
tenido que dar el pecho en lugares
remotos, sé lo complicado que es
compatibilizar esta sana costumbre
con las responsabilidades de un trabajo.
Más aún con la complejidad de
la vida en lugares poco amigables
para la maternidad, como aquellos
en los que he contado con la fortuna
de trabajar con UNICEF en favor de
la niñez más vulnerable.
En Tailandia y en Nepal, donde tuve
el privilegio de vivir los primeros minutos
de la maternidad, tenía que
realizar largos trayectos en medio
del tráfico caótico, entre coches que
deambulan sin orden, o cargando a mi
hijo en la espalda mientras atravesaba
las elevadas montañas nepalíes, y
casi siempre bajo las inclemencias del
tiempo, lo que le daba a ese momento
tan especial de amamantar a mi bebé,
un sabor agridulce.
La vida era dura, pero yo estaba
convencida de que a pesar del entorno
difícil, darles pecho a mis hijos
era lo más valioso que podía hacer
por ellos. Era la mayor muestra
de amor, y el mayor gesto de protección
que podía tener con ellos.
El apoyo de mi marido y de UNICEF,
donde trabajo, fue fundamental
para facilitar esta tarea. Su
apoyo en los momentos en los que
creía que no valía la pena fue esencial
para seguir dándole el pecho a
mis hijos. Me hubiera arrepentido
mucho si no lo hubiera hecho, porque
sé que la salud de mis hijos se
hubiera resentido si no se hubieran
alimentado de leche materna.
Por eso, no deja de angustiarme
ver los bajos índices de lactancia
materna en México, donde el promedio
de lactancia materna exclusiva
es de 14.4%. Estos datos se asemejan
a la de muchos países pobres
del África Subsahariana.
Cada año nacen en México alrededor
de 2,400,000 niños y niñas,
pero sólo 1 de cada 7 goza de los beneficios
de la leche materna.
Me cuesta trabajo pensar que una
madre no quiera que sus hijos tengan
acceso a esta fórmula perfecta,
que además es gratis, y ayuda a
prevenir enfermedades, malnutrición
y la obesidad.
Quiero pensar que la razón por la
cual no amamantan a sus bebés es
porque desconocen los efectos positivos
de la leche materna, por eso
me empeño en que desde UNICEF
ayudemos a todas las madres de
México a que conozcan los beneficios
de la lactancia materna exclusiva
al menos durante los seis primeros
meses de vida.
Sin embargo, soy consciente también
de que la sociedad y las instituciones
en la mayoría de los casos,
no son amigables para con las madres
lactantes y de que no existen
políticas públicas y leyes que las
apoyen.
Esto influye en que tan solo 1 de
cada 10 mujeres que trabajan, amamanten
a sus bebés. El resto les dan
formulas artificiales.
Desde UNICEF enfocamos nuestros
esfuerzos para que médicos,
enfermeras, profesionales, madres,
padres, hacedores de políticas pú-
blicas y todos los implicados sepan
lo importante que es promover la
alimentación exclusiva de los niños
con leche materna los primeros seis
meses de vida (desde la primera
hora de su nacimiento) y combinada
con otros alimentos hasta los 2
años de vida, en vez de acudir a
productos que no son tan buenos
como la leche materna.
Desde este espacio hago un llamado
para que creemos conciencia
de lo importante que es apoyar a
las madres para que regresen a la
práctica de la lactancia materna.
Hagámoslo por la salud de nuestros
hijos, porque ellos –quienes
representan el presente y el futuro
de México-, deben crecer sanos y
ser capaces de desarrollar todo su
potencial.
Porque las niñas y niños tienen
derecho a crecer sanos y fuertes.
Capaces y hábiles para vivir la vida
que tienen derecho a vivir.